martes, 29 de septiembre de 2015

LOS LIBROS Y LA TECNOLOGIA,UN DEBATE QUE APENAS COMIENZA

Un libro (del latín liber, libri) es una obra impresa, manuscrita o pintada en una serie de hojas de papel, pergamino, vitela u otro material, unidas por un lado (es decir, encuadernadas) y protegidas con tapas, también llamadas cubiertas. Un libro puede tratar sobre cualquier tema. Según la definición de la Unesco,1 un libro debe poseer 49 o más páginas (25 hojas o más), pues desde cinco hasta 48 páginas sería un folleto (desde tres hasta 24 hojas), y desde una hasta cuatro páginas se consideran hojas sueltas (en una o dos hojas). También se llama "libro" a una obra de gran extensión publicada en varias unidades independientes, llamados "tomos" o "volúmenes". Otras veces se llama también "libro" a cada una de las partes de una obra, aunque físicamente se publiquen todas en un mismo volumen (ejemplo: Libros de la Biblia). Hoy en día, no obstante, esta definición no queda circunscrita al mundo impreso o de los soportes físicos, dada la aparición y auge de los nuevos formatos documentales y especialmente de la World Wide Web. El libro digital o libro electrónico, conocido como e-book, está viendo incrementado su uso en el mundo del libro y en la práctica profesional bibliotecaria y documental. Además, el libro también puede encontrarse en formato audio, en cuyo caso se denomina audiolibro. Orden de los libros Entre los finales de la Edad Media y el siglo XVIII, en Occidente se intentó controlar y ordenar la gran cantidad de textos que el libro manuscrito y luego el impreso habían puesto en circulación, tras la invención de la imprenta por Gutenberg. Plasmar los títulos de una determinada manera, clasificar las obras o dar un destino a los textos para clasificarlos fueron operaciones gracias a las cuales se hacía viable el ordenamiento del mundo de lo escrito, por aquel entonces. Pero, paulatinamente empezó a imperar el deseo de la instauración de una biblioteca inmaterial, más eficiente, que daría lugar a una transformación en la relación con los textos escritos.






Por un lado, en una esperadísima conferencia de prensa, el escritor norteamericano Jonathan Franzen alertó sobre "la retórica de progreso que acompaña el consumo de los juguetes cibernéticos"; por el otro, la empresa Cengage Learning, que desarrolla herramientas digitales para la educación, obtuvo el premio al mejor stand de la Feria, y presentó algunas de sus aplicaciones y productos, que van desde la simulación 3D de contenidos hasta la creación de un aula virtual, donde el profesor y los alumnos interactúan en plataformas personalizadas que imitan el formato del blog.


Mapa cultural de la diversidad y laboratorio cultural, la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) cobija ambas posturas, que a su manera resumen la unión de suspicacia y entusiasmo con la que la cultura letrada observa las promesas del mundo enmarcado en las distintas pantallas. Pocas horas antes de recibir la medalla Carlos Fuentes, Franzen se declaró un "partisano de los libros" y, para no quedarse en el terreno de las definiciones, dejó entrever sus recelos de la tecnología, al manifestarse "muy preocupado por los cambios radicales que vive el mundo de hoy".



Creador de novelas que bien podrían venderse por kilo (Las correcciones, de 2001, tiene 736 páginas, y su celebradísima Libertad, que le valió la portada de la revista Time, 672), Franzen pasó de la sospecha a la crítica, y para eso se permitió reivindicar el rol de la literatura ante la superpoblación de imágenes.
"La literatura trata de la construcción del sentido, y todos los días vemos que el sentido actual no pasa por la vieja manera de entender las cosas -dijo-. Y, sin embargo, nos dicen que todo esto significa progreso. ¿Realmente hay progreso en fotografiar un plato de comida y mostrárselo a todo el mundo a través de las redes sociales? Yo escribo para la gente que duda de ese progreso."
No muy lejos de donde Franzen fundamentaba su escepticismo, los directores de Cengage Learning anunciaban "el futuro de la educación" en un stand luminoso y repleto de tablets. En un breve acto de presentación se recordó que la educación contemporánea migra del modelo transaccional (con un profesor al frente del aula que transfiere sus conocimientos) a uno tecnológico y personalizado, donde los contenidos se divulgan a través de experiencias de aprendizaje.


En lugar de leer sobre la selva, los alumnos ya pueden sentirse dentro de una gracias a la simulación 3D. Y en una época en la que el umbral de atención de los jóvenes se ha reducido drásticamente, las nuevas propuestas educativas contemplan aulas virtuales con clases a distancia, libros digitales que permiten la inserción de videos e hipervínculos, chat con el profesor y lecturas que se examinan a través de comentarios como los que cualquier internauta deja en Facebook.
Tal como se vio en el stand que la FIL distinguió como el mejor de la presente edición, la pedagogía se reinventa al ritmo del consumo cultural de quienes nacieron en la era de Internet, y da la impresión de que ese rumbo formará ciudadanos con una relación más dinámica y menos ilustrada con el saber. En una misma jornada, la FIL dibujó los grandes interrogantes del futuro, y las respuestas están en el aire.
Por su parte, a mitad de camino entre la sala donde Franzen reveló sus miedos y los educadores digitales invitaron a los curiosos a tomar una clase digital, la literatura argentina se hizo fuerte por partida doble. Anteayer, con la presentación de El país imaginado, el libro con el que Eduardo Berti obtuvo el Premio de Novela Las Américas 2012, que consagra a la mejor obra de ficción publicada en castellano. Y ayer, con el reconocimiento al Mérito Editorial a los argentinos Adriana Hidalgo y Fabián Lebenglik, de Adriana Hidalgo Editora.
"Me gusta cuando la literatura se mete con lo inefable, con lo que uno no sabe qué nombre darle. Es por ese tipo de cosas que vale la pena escribir un libro", dijo Berti, en diálogo con el mexicano Jorge Volpi. Por estos días, la FIL deja claro que el vértigo contemporáneo impide ponerle un nombre propio a la cultura contemporánea.
La buena noticia es que, como sugiere Berti, es precisamente por eso que la literatura aún tiene mucho que decir.